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Cómo calcular los precios de una peluquería: del gramo de tinte a la hora de sillón

Cómo calcular los precios de una peluquería: del gramo de tinte a la hora de sillón

10 min de lectura

El precio de un corte, un color o unas mechas no se copia del escaparate de enfrente: sale de lo que cuesta cada hora de sillón que vendes, de los gramos que se van en cada bol y de los minutos que pide cada melena. Aquí tienes el método para calcularlo con tus propias cifras.

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Es fácil que una carta de peluquería nazca de una mezcla de costumbre y comparación: lo que se cobraba en el salón donde se aprendió el oficio, lo que pone la peluquería de la esquina. Funciona mientras los costes no se mueven. Cuando suben el alquiler, las tablas del convenio o el precio del tinte, esa carta se queda corta sin que nadie lo note, porque el sillón sigue lleno.

Este artículo recorre el cálculo en cinco pasos: cuántas horas vendes de verdad, cuánto cuesta el color medido en gramos, cómo se justifican los suplementos por largo y técnica, la fórmula con el IVA y el redondeo, y cuándo y cómo subir precios. Está escrito para España; las referencias legales se comprobaron en el BOE en septiembre de 2026. Las cifras que aparecen son ejemplos para ver la mecánica, no precios de mercado.

1. Horas pagadas, horas trabajadas y horas vendidas

Todo precio de peluquería depende de una división, y donde más fácil es equivocarse es en el divisor. No sirve repartir los costes entre las horas que el salón está abierto, ni siquiera entre las que trabaja el equipo: hay que repartirlos entre las horas que alguien paga, es decir, las horas con una persona sentada en el sillón y un servicio en marcha.

Si tienes personal, el punto de partida lo da el Convenio colectivo de peluquerías, institutos de belleza y gimnasios: fija la jornada en «1.750 horas efectivas en cómputo anual» (art. 22.1) y treinta días naturales de vacaciones retribuidas (art. 24.1). Pagas el año entero, vacaciones y pagas extraordinarias incluidas, pero la persona trabaja esas 1.750 horas, y de ellas no todas se venden. Entre servicio y servicio se barre, se preparan mezclas, se contesta el teléfono y se repone producto. Si en tu provincia rige un convenio propio, mira el suyo.

Haz la cuenta durante dos o tres semanas normales, sin fiestas ni campañas: anota cada día las horas con servicio en el sillón y compáralas con las horas de presencia. Como ejemplo de cálculo, si de cada cuatro horas trabajadas se venden tres, las 1.750 horas del convenio se quedan en unas 1.310 horas vendidas al año por persona. Si trabajas por tu cuenta vale lo mismo: tus horas de gestión, pedidos y redes no las paga nadie directamente, así que tienen que ir dentro del precio de las horas que sí cobras.

Costes fijos del año más retribuciones y cotizaciones, divididos entre esas horas vendidas, dan tu coste por hora de sillón. Todo lo demás se construye encima.

Un sillón lleno no demuestra que el precio esté bien; solo demuestra que nadie ha hecho todavía la cuenta.

2. El color se calcula en gramos, no en tubos

El color es el servicio donde el material pesa de verdad en el precio, y también donde más se estima a ojo. La unidad correcta no es el tubo ni la botella, sino el gramo de tinte y el mililitro de oxidante, porque la mezcla cambia con el largo, la densidad y la técnica, y un tubo no dice nada de eso.

Divide el precio de compra de cada tubo entre sus gramos y el de cada botella de oxidante entre sus mililitros, y tendrás el coste por unidad. Después, durante unas semanas, pesa cada mezcla en una báscula antes de aplicarla y anota el resultado junto al servicio: retoque de raíz, tinte completo en melena corta, media o larga, mechas con papel, decoloración. Respeta siempre la proporción de mezcla que indique el fabricante; lo que buscas es saber cuánta mezcla se va de media en cada caso, no cambiarla.

A esa cifra súmale lo que sobra en el bol, que casi nunca es cero, y el material que acompaña al color: papel o film para mechas, guantes, champú técnico, mascarilla o tratamiento posterior, toallas y lavandería. Con eso tienes un coste de material por servicio de color, separado por largo. El mismo razonamiento —medir primero el tiempo y tratar aparte solo el material que se desvía— es el que sigue el artículo sobre precios, material y nail art en estudios de uñas.

Queda el tiempo, que en el color tiene una trampa: mientras el tinte actúa, tus manos pueden estar con otra persona, pero el sillón o el lavacabezas siguen ocupados. Si en tu salón sobran puestos, la exposición cuesta poco; si los puestos son el límite del día, cada minuto de exposición cuenta como minuto de sillón.

3. Largo, densidad y técnica: suplementos que se puedan explicar

Una melena por debajo de los hombros pide más mezcla, más secado y más tiempo que un corte a la nuca, y es lógico que cueste más. El problema no es el suplemento, sino cómo se decide. Si lo decide quien corta al ver el pelo, sin un criterio que la clientela haya podido leer antes, el suplemento se vive como una sorpresa al pagar.

La ley de consumidores va en esa dirección. Cuando el precio no puede fijarse con exactitud en la oferta, hay que informar de la «base de cálculo que permita al consumidor o usuario comprobar el precio» (Real Decreto Legislativo 1/2007, art. 20.1.c). Y entre las cláusulas abusivas figura la que deja el precio para el momento de prestar el servicio, o permite subirlo sobre lo convenido, sin razones objetivas y sin reconocer a quien paga el derecho a resolver el contrato si el precio final resulta muy superior al estipulado (art. 85.10). Traducido a la carta: define dos o tres tramos de largo con un punto de referencia que cualquiera entienda —hasta la barbilla, hasta los hombros, por debajo—, di si la densidad o una segunda aplicación cambian de tramo, y ponlo junto al servicio, no en una nota al pie.

El mismo criterio resuelve la pregunta de la carta dividida en «señora» y «caballero». La Ley Orgánica 3/2007 obliga a quien ofrece servicios al público a respetar la igualdad de trato entre mujeres y hombres, y solo admite diferencias «justificadas por un propósito legítimo» cuando los medios para lograrlo son adecuados y necesarios (art. 69). Una diferencia de precio basada en el largo, la técnica o el tiempo se explica sola; una basada solo en el sexo de quien se sienta es mucho más difícil de defender. Ordenar la carta por tipo de corte y largo, y no por sexo, resuelve ambas cosas.

4. La fórmula, el IVA y el redondeo

Con las tres piezas anteriores, el cálculo de cada servicio cabe en tres líneas:

  1. Coste por hora vendida = (costes fijos del año + retribuciones + reserva para reponer equipo) ÷ horas vendidas al año.
  2. Precio sin IVA = (minutos de sillón ÷ 60) × coste por hora vendida + material del servicio + margen.
  3. Precio en carta = precio sin IVA × 1,21, redondeado hacia arriba.

Un ejemplo con números redondos, solo para ver la mecánica: si un servicio ocupa 90 minutos de sillón, el tiempo pesa una vez y media tu coste por hora vendida; súmale los gramos de su mezcla y el margen, y multiplica por 1,21. Si prefieres no hacerlo a mano, la calculadora de precios para peluquerías hace esta misma cuenta con tus cifras: coste por hora, minutos, material, margen e IVA.

La Ley del IVA fija el tipo general en el «21 por ciento» (Ley 37/1992, art. 90), y los servicios de peluquería no figuran entre los tipos reducidos del artículo 91. Canarias, Ceuta y Melilla quedan fuera del ámbito de esa ley (art. 3), así que allí no se aplica este IVA y el multiplicador te lo dirá tu asesoría. Y el precio que enseñes tiene que ser el final, porque la ley pide en la oferta «el precio final completo, incluidos los impuestos» (Real Decreto Legislativo 1/2007, art. 20.1.c).

Para el redondeo bastan dos reglas. Redondea siempre hacia arriba, nunca hacia abajo, porque el cálculo ya parte de estimaciones. Y usa escalones sencillos —euros enteros o medios euros— para que la carta se lea de un vistazo y la diferencia entre tramos de largo se vea. Si usas «desde», escribe al lado qué hace subir el importe.

5. Cuándo subir precios y cómo contarlo en el salón

Hay dos clases de razones para revisar la carta. Las de costes llegan casi solas con el calendario: el convenio del sector fija en su anexo las tablas salariales de 2024, 2025 y 2026 (cláusula adicional primera) y su vigencia pactada llega hasta el 31 de diciembre de 2026 (art. 5), así que conviene recalcular cada vez que entra en vigor una tabla nueva; a eso se suman las tarifas nuevas de tus proveedores de color y la renovación del alquiler. Las de demanda se ven en la agenda: si una persona del equipo tiene semanas de espera y otra tiene huecos cada día, el problema no es de marketing, es de precio.

Pon una fecha fija al año para repetir el cálculo con las cifras nuevas, aunque luego decidas no tocar nada. Si subes, sube de una vez, no en cuatro retoques que obligan a explicar cuatro veces lo mismo.

Para contarlo, avisa con unas semanas de margen y con la fecha exacta: un aviso en recepción, otro en la página de reservas y una línea en la confirmación de cita. Las citas ya reservadas se respetan al precio que se vio al reservar. Prepara una frase corta y verdadera para el equipo —«hemos actualizado precios por la subida del producto y de los salarios»— para que nadie tenga que improvisar en el lavacabezas. Si llevas la agenda con un sistema de reservas online —Salon Wizard es uno de ellos—, el historial de citas de cada ficha te permite comprobar en los meses siguientes si la clientela fija mantiene su ritmo.

Calcular los precios de una peluquería es menos una cuestión de intuición que de tres medidas: las horas que vendes de verdad, los gramos de cada mezcla y los minutos que pide cada largo. Con ellas, la fórmula hace el resto: tiempo por coste de hora, más material, más margen, por 1,21 y redondeado hacia arriba. Publica siempre el precio final con sus suplementos explicados, ordena la carta por trabajo y no por sexo, y repite el cálculo cada año antes de que te lo pidan las cuentas.

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